OBA

Shangó, el dueño del rayo y el trueno, tenía tres esposas: Oyá, la que lo acompañaba a la guerra; Oba, la esposa fiel que atendía hasta sus más mínimos deseos y Oshún, la que endulzaba sus noches.

Largos días hacía que Shangó no entablaba un combate y Oyá resentida de su desplazo no encontraba cómo llamar la atención del rey del güemilere, inmersa en sus pensamientos llegó al lugar donde Oba cocinaba el amalá que le serviría a su esposo en el almuerzo, y allí ante la olla humeante, tramó la manera de librarse al menos de una de sus rivales, se acercó a Oba y le dijo:

–Nuestro señor hace días que no combate y eso no es por gusto, es que su cuerpo está débil.

–¿Y qué puedo hacer para remediarlo? –preguntó la ingenua.

–Agrégale tus orejas al amalá y verás como recupera sus fuerzas, así lo contentarás.

Oba, siempre capaz de sacrificarse, no dudó un instante en cortar sus orejas y cocinarlas en el amalá, luego ató un pañuelo en su cabeza y corrió donde su esposo el que sorprendido le preguntó:

–¿Por qué te cubres con ese pañuelo?

–Por nada, señor.

Pero Shangó que vio en ese momento las orejas flotando en el amalá, repugnado y colérico, echó a Oba de allí y le exigió que no volviera nunca más.

La mujer corrió desesperada, tanta era su pena que por donde pasaba sus lágrimas iban formando un río. Qshún enterada de la maldad de Oyá, se compadeció de la infeliz y corrió tras ella hasta encontrarla al final de un camino, allí se detuvo a consolarla y como prueba de eterna amistad le regaló su corona, la cual conserva hasta nuestros días.

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